En nuestro intento y afán por mejorar nuestra formación hemos salido a la ciudad una vez más. En esta ocasión hemos elegido El molino de Martos.
Nos hacía reflexionar la monitora que nos acompañó que la cultura no es algo quieto que se visita, ni elementos interesantes parados que se eligen para que la gente acuda a ellos. Son lugares dinámicos que en la medida que se conocen y se narran las funciones que tuvieron en el tiempo y cómo fue la vida de las gentes que por allí pasaron, mantienen su vitalidad, y cuanto sucedió allí se instala en las personas que lo ven y la visión del mundo se agranda. Por este motivo nos sugirió que invitáramos a nuestras familias y les explicáramos lo aprendido.
Vimos dos partes diferenciadas, la zona de la molienda de harina y el batán. Posteriormente hemos relacionado el batán con El Quijote, y el ruido que los mazos o porros hacían para limpiar la lana, que se nos explicó allí, los hemos oído en las palabras de Cervantes, en la aventura que Don Quijote y Sancho tuvieron.

- ¿Qué rumor es ese, Sancho?
- No sé, señor respondió él. Alguna cosa nueva debe ser; que las aven-turas y desventuras nunca comienzan por poco.

Torné otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y, con tono algo gangoso, dijo:
- Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
- Sí tengo. Respondió Sancho; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra mer-ced ahora más que nunca?
...
[…]Alborotándose Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes, y sosegándose don Quijote, se fue llegando poco a poco a las casas, enco-mendándose de todo corazón a su señora, suplicándole que en aquella teme-rosa jornada y empresa le favoreciese, y, de camino, se encomendaba tam-bién a Dios, que no le olvidase. No se le quitaba Sancho del lado, el cual alar-gaba cuanto podía el cuello y la vista, por entre las piernas de Rocinante, por ver si vería ya lo que tan suspenso y medroso la tenía.

Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando al doblar de una punta, pareció descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de aquel horrísimo y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos toda la noche los había tenido. Y eran (si no lo has, ¡oh lector!, por pesadum-bre y enojo) seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes aquel es-truendo formaban.

Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeció y pasmóse de arriba abajo. Miróle Sancho, y vio que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, con muestras de estar corrido. Miró también don Quijote a Sancho, y viole que te-nía los carrillos hinchados, y la boca llena de risa, con evidentes señales de querer reventar con ella, y no pudo su melancolía tanto con él, que a la vista de Sancho pudiese dejar de reírse.